Cuetzalan

Son ya varias las veces que viajo a Cuetzalan y no deja de sorprenderme. Desde que comienza la subida a la sierra vale la pena el viaje; digo pena como sinónimo de curvas, neblina y baches que aparecen de la nada y nos ponen el reto de decidir si caer en el de la izquierda o el de la derecha. Toda esta “pena” vale pasarla por conocer Cuetzalan, que como decía, desde que uno se enfila en el sinuoso camino los paisajes son siempre de foto, el verdor que cambia de gama a uno más tierno que el obscuro de bosque de la autopista a Teziutlán, por Zaragoza. La vegetación se torna exuberante, parece que se nos viene encima de tan rápido que crece. Cuando se ha llegado a la parte alta de la carretera, pasando Zacapoaxtla, las vistas son espectaculares y provocan un poco de miedo cuando no se ve el fondo de las barrancas, sin embargo el asombro se sobrepone.
Uno se da cuenta que está por llegar a Cuetzalan cuando se ven hombres y mujeres todos vestidos de blanco caminando por la carretera o trabajando en las empinadas laderas de la carretera. Llaman la atención los hombres que pareciera van descalzos, cuando en realidad llevan unos huaraches que consisten en una suela hecha de recorte llanta usada, sujeta al pie por unas delgadas correas de cuero. Lo que me resulta curioso es que aun cuando hace frío, se ven enchamarrados pero con sus huaraches que dejan su pie al desnudo. La humedad también anuncia que estamos llegando al punto donde las nubes del Golfo de México tocan tierra por primera vez, topándose con las prominencias de la Sierra Norte de Puebla.
Estar en Cuetzalan es mágico, aun cuando no formara parte del programa de «Pueblos Mágicos» de la Secretaría de Turismo federal. Al estar enclavado en la sierra, sus calles empedradas suben y bajan flanqueadas de muros blancos con guardapolvos de colores. Al caminar por las empinadas subidas uno llega a sentir verguenza por el aire que nos llega a faltar comparado por el que les sobra a las viejitas que nos alcanzan para vendernos sus mercancías, que ni sudan y tienen aliento para insistirnos en que les compremos sus servilleteros de penachos de voladores a escala, tortilleros de tela bordados, cintas tejidas para usarlas de diadema… al tiempo en que tomamos minutos en recuperar aire para decir algo.
Estas viejitas morenas de huesos delgados, bajas de estatura y de piel surcada tienen la mirada tierna y sin variar a la primera que se nos presenta le compramos algo de cinco, diez o quince pesos; invariablemente nos seguirán abordando otras con mercancías parecidas y si ven nuestra resistencia, arguyen una supuesta promesa: «alla’rriba me dijo que al rato me compra». Igualmente llegan niños que ofrecen guiarnos a las cascadas o a las grutas. También son insistentes y persistentes. Tanto, que cuando a dos niños les dije que si estuvieran en Yohualichan les aceptaba la explicación, estando a dos kilómetros de la zona arqueológica, ellos, aceptando mi «reto», corrieron los dos kilómetros por el camino empedrado delante del coche. Evidentemente ya no tenía pretexto para rechazar su oferta.
También hay que decir que con poco se puede comer en Cuetzalan. Con quince pesos me comí dos órdenes de deliciosos tlayoyos – gorditas de masa de maíz rellenas con una pasta de alberjón hervido con hojas de aguacate – preparados con salsa verde o roja, cebolla y queso, una orden de molotes – también de masa de maíz rellenos de pollo preparado con tomate y cebolla, y fritos en manteca de cerdo – con salsa queso y cebolla. El refresco es aparte. Estas delicias regionales puede probarlas el domingo de mercado en la esquina de Hidalgo y Morelos.
Al caminar por el mercado uno escucha las conversaciones en nahua entre los lugareños, entreveradas con el voceo a micrófono que vende una panacea: «…peeerlas de caguama. Estimulan el apetito, quitan la depresión, aumentan la inteligencia… peeerlas de caguama...». Otras hiervas milagrosas también se venden para todos los males del cuerpo, del alma y de amores. Los menos experimentados en vender a los turistas reciben consejo, en nahua, de los más experimentados, como si uno no se diera cuenta que sugieren aumentar el precio.
Otra buena experiencia es entrar a misa en la iglesia de San Francisco de Asís y observar el sincretismo que prevalece. Resaltan los atavíos del Sacerdote y de las mujeres que acolitan, así como los motivos indígenas dispuestos en el altar, que comparten espacio con las típicas imágenes heredadas del catolicismo español. Uno puede observar que las dos filas de bancas, la de la izquierda la ocupan los hombres y la de la derecha las mujeres.Cuetzalan tiene muchos atractivos culturales y naturales. Ambos hacen de este Pueblo Mágico y lugar obligado a visitar, y aun cuando la carretera nos hace dudar, finalmente uno desea regresar.
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